¿Y dónde están nuestros jóvenes?

El calendario avanza rápidamente. Estamos ya en el segundo mes de este año que ha estado marcado por un cierto estancamiento. Todos los días leemos anuncios de cosas importantes que luego parecen caer en el olvido. Los asuntos de la paz y la guerra, el inicio de las nuevas administraciones locales y regionales, noticias que desaparecen en medio de nuevos anuncios, muchas veces contrarios a los anteriores, que tampoco parecen llegar muy lejos. O al menos por ahora. 

En medio de este clima de incertidumbre y aparente parálisis, se echa de menos la voz, la presencia, el entusiasmo, la fe en el futuro y la determinación de los miles de jóvenes, hombres y mujeres, que marcharon por nuestras calles el año pasado para reclamar una educación de calidad. Con sus cortos años, estos muchachos han tenido que superar ya muchos obstáculos en la vida, para llegar al lugar desde el cual nos interpelan. En primer término porque el nuestro es un país en donde existen niveles muy altos de maltrato y desatención infantiles. Un millón de niños menores de cinco años no tiene acceso a la atención de primera infancia. Y noventa de cada cien mil son víctimas del maltrato, generalmente al interior de sus propias familias que reproducen así su propia experiencia. Una cadena difícil de romper, más aún si la sociedad no brinda el apoyo necesario.

Un 7% de nuestros niños y niñas tiene que trabajar. Este porcentaje, alto de por sí, esconde el hecho que la cifra en las zonas rurales, con los más altos niveles de pobreza, es el doble que en las zonas urbanas, en donde vemos a diario cuadros dramáticos que parecen salidos de una novela de Dickens. Por supuesto la necesidad de trabajar les impide en muchas ocasiones acceder o mantenerse en el sistema educativo. Además, tres de cada 10 jóvenes de 16 años no están en el sistema educativo. Trabajos y costos educativos, explican más del 30% de esta situación. La falta de pertinencia y la baja calidad de la educación impartida explican otro tanto. Las diferencias en la calidad educativa explicadas por la situación económica y las variaciones regionales contribuyen a ahondar esa inequidad. Resultados regionales en las pruebas del ICFES son muy desiguales. Las regiones peor clasificadas Magdalena, Bolívar y la Guajira. Las regiones mejor clasificadas Boyacá, Santander y Bogotá. Los resultados obtenidos por los estudiantes de colegios privados son tres veces mejores que los que asisten a los colegios públicos.

Los jóvenes que han tenido acceso a la educación superior son, en sentido literal, sobrevivientes. Han conservado sus vidas a pesar de las amenazas tan serias que gravitan sobre su existencia. Al punto que en algunas de nuestras ciudades como Cali, ha habido necesidad de decretar un toque de queda para los y las jóvenes con el fin de ponerlos a salvo de los crímenes que a diario se cometen en su contra, especialmente en las comunas más pobres. Conservar la vida al precio de perder la libertad de ser y habitar en la ciudad.

En medio de un panorama tan difícil, reflejo de la incapacidad del Estado, de la sociedad y de las familias para brindarles las oportunidades que necesitan, no debe sorprendernos que algunos de ellos estén hoy en conflicto con la ley. Los delitos que cometen están claramente relacionados con la situación de exclusión y marginalidad en que viven: siete de cada diez son delitos de hurto o de microtráfico.

Para responder a esta situación, Colombia cuenta con un Sistema de Responsabilidad para Adolescentes – SRPA cuyo diseño y operación merecen atención urgente. A pesar de que en el papel se declara el propósito restaurativo y resocializador, las cifras muestran un marcado incremento en la imposición de sanciones privativas de la libertad. Nuevas cadenas que amarran a nuestros jóvenes.

El 16 de febrero llevaremos a cabo una audiencia en el Congreso de la República para evaluar la manera como funciona el SRPA y proponer mejoras al mismo. Invito para que sumemos nuestras voces, nuestra presencia y nuestras acciones para reclamar que los jóvenes en Colombia, incluidos aquellos a quienes yo llamo coloquialmente «los chicos malos», tengan una segunda oportunidad en esta tierra.

 

Columna de opinión para el periódico La Patria

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