Una rosa violenta (III) Por Arturo Guerrero

La guerra de Colombia tiene fuente antigua, que no se toca con las manos. La cultura de la violencia es intoxicación que navega en la sangre ciudadana.

Los pensadores de la Comisión Histórica del Conflicto, en su aplicación hacia las causas de nuestra guerra atávica, cumplieron con creces el escrutinio sobre las cosas que sí se tocan: luchas por la tierra, distribución injusta de riquezas, ausencia de políticas sociales, falta de presencia del Estado, brutalidades de la soldadesca, dinastías políticas recurrentes, cierre de oportunidades, intromisión norteamericana, garra del narcotráfico, en fin, lo que suele llamarse condiciones objetivas del conflicto. Y predicaron: no hay explicación unicausal. 

Los 14 largos textos son despliegue útil de cifras, fechas, períodos, ángulos de análisis, provenientes de fuentes, disciplinas y enfoques variopintos. En el documento desfila la llaga de un país sin misericordia. 

Pero hay un vacío. Solo un título incluye la consideración sobre cultura, el de Sergio de Zubiría. No obstante, esta se alinea al lado de factores políticos e ideológicos con los cuales se equipara . En el parco desarrollo, la cultura se estrecha en marcos como derechos de la mujer, divorcio, libertad de cátedra en la educación, papel de catolicismo e hispanismo, modernización.

¿Qué pensarán los cráneos de Palonegro, desde su cavilación congelada? ¿Sentirán interpretada su furia y la sevicia de sus matadores, en estos renglones que no hablan de azar, incertidumbre, magia, fuerza telúrica, sorpresa, complejidad, caos, mística ni poesía? 

Es que la violencia colombiana no se comprende con fórmulas preestablecidas para procurar que la realidad se parezca al discurso sobre la realidad. En la Comisión Histórica no fueron incluidos sabios que supieran más por viejos que por sabios. Tampoco artistas ni estudiosos del alma. Y es el alma del país la que está intoxicada.

¿Acaso esta pestilencia halla su esclarecimiento íntimo en un recuento de hectáreas, decretos, huelgas y presidentes de alcanfor?

Tanto los comisionados designados por el gobierno como los escogidos por la guerrilla se limitaron a ocuparse de lo tangible. Desdeñaron los tormentos e ilusiones del espíritu, pusieron al margen el corazón de un pueblo martirizado y lacrado por la cultura de la violencia. 

El ardor homicida que campeó en los Mil Días es el mismo turbión sin control que entierra minas para dividir a los niños en tres mitades, que extrae vísceras para que el cadáver no flote en el cauce, que sube a Facebook videos donde un hombre amputa una tras otra las dos manos de otro y luego lo deja salir corriendo.

Quienes perpetran estas sangres vieron a sus padres agonizar humillados, crecieron con caldo de muerto. La existencia les ha sido cátedra feroz. Replican en su saña una lección muy antigua y reiterada, cuya almendra dice que la vida vale nada. He aquí la cultura, la cultura de la violencia, más insidiosa que la injusticia y el hambre.

Dice Antanas Mockus, faro manifiesto de humanidad en medio de la inhumanidad, que la mentira más grande de la guerra en Colombia es la que pronuncia cada bando: “tú empezaste y yo seguí”. 

En la misma lógica de la teoría de la conspiración, que asegura ver a Pablo Escobar vivo, de incógnito y favorecido entre riquezas, el alegato de quién tiró la primera piedra de la violencia suele alargarse hasta las carabelas de Colón mancillando el Caribe. Cada vociferante exhibe a su muerto y despliega móviles de su desquite. 

Aquí llamea la importancia de la paz que se negocia en La Habana. El día que firmen gobierno y guerrilla, juntos estarán ratificando el fin de la combinación de todas las formas de lucha practicada por ambos desde edad con memoria vana. Ni soldados ni guerrilleros consiguieron aniquilarse unos a otros en la más reciente contienda. Larguísima, casi de setenta años, la vida promedio de un ciudadano. 

Unos y otros recurrieron a ayudantes espurios, paramilitares, milicianos, pájaros, chusmeros, bandas criminales. Violaron íntegras las clemencias de los derechos humanitarios. Arremetieron con armas de dos cañones, para matar esta vida y la otra. Exhibieron rojos pedazos de cadáver, licuados por bombas con inteligencia extranjera o por cilindros repletos de tornillos.

Nada sirvió. Seis millones y medio de gentes sacadas de sus siembras, miles de secuestrados enflaqueciendo entre alambradas, inventarios campeones de muertos anuales por cada cien mil habitantes, muchachos del barrio contabilizados como postizos guerrilleros abatidos, tantos desaparecidos con insepultas almas en pena: este es el desenlace de una convulsión sostenida contra la insustituible vida.  

La firma contra el conflicto armado es puntillazo simultáneo contra el derecho a insurrección, rebelión y violencia. Ojo, no solo firmará la guerrilla. El Estado tiene la mitad del peso. Debe desistir de los disfraces chulavitas; de combinar leyes, urnas y justicia, con el atentado secreto, la tortura en cantones, las brutalidades de la soldadesca. 

El cese de las armas en la política, en cualquier política, conlleva el desmonte del delito político. Si no hay derecho de rebelión, tampoco rige el amparo político para quienes con fusiles alegan proteger a los vivos acabando con la vida. Ni para uniformados que desde sus cuarteles orienten o consumen atentados, desapariciones, ejecuciones sumarias.

A la altura del segundo decenio del XXI, ningún ciudadano, ninguna organización,  puede justificar el uso de armas como algo noble, altruista, patriótico ni liberador. Bandas criminales, narcotraficantes, delincuentes comunes, atracadores y asesinos tienen que vérselas con las fuerzas destacadas por Constitución para dar garantía al  sencillo derecho general de seguir vivos. 

El Estado es único monopolista de las armas. Y estas bocas de fuego legales son por parejo protección para el pueblo y para los que se oponen desde su inteligencia a los gobernantes del pueblo. 

Este deber ser no es todavía el ser. Luego de tantas alevosías, puñaladas traperas y frenteras, homicidios de quienes renunciaron al homicidio, luego del sacrificio de tantos uribe uribes, guadalupes salcedos, gaitanes, uniones patrióticas, es comprensible que en todas las trincheras aceche el escepticismo. 

El Estado desconfía del constreñimiento de los insurgentes a poblaciones por largos años subyugadas, de que queden armas enterradas, rescoldos siniestros que darían paso a nuevos grupos alzados practicantes de combinación de todas las formas de lucha.

Los guerrilleros no saben cómo creer en ese Estado, máquina de guerra que no cambia, que reprime y se deshace de oponentes combinando todas las formas de lucha.

Es, pues, hora de acabar hasta su fondo la cultura de la violencia. De quitarle máscara al mecanismo automático que pone carga de fuego a los gatillos tan pronto se huele el primer peligro. De desinfectar cabeza y tripas alejándolas del comodín de las armas. 

Es hora de la inteligencia y la palabra. Si los detentores de armas no cambian, hay que buscar modos diferentes a las armas para desarmarlos. La supresión de las sangres permitirá aplicar los ímpetus a las reformas necesarias para que la vida de la gente valga la pena vivirla. 

* * *

El jefe del pelotón de ejecuciones sumarias que fusiló a Arcadio en Cien años de soledad, “tenía un nombre que era mucho más que una casualidad: capitán Roque Carnicero”. Sí, el mismo que tiempo después se arrepentiría al borde de ordenar disparos letales contra el coronel Aureliano Buendía. 

En las últimas dos horas de su vida, durante el consejo de guerra, Arcadio, “el más cruel de los gobernantes que hubo nunca en Macondo”, perdió el miedo que lo atormentó desde la infancia. 

Y cierra Gabo: “Pensaba en su gente sin sentimentalismos, en un severo ajuste de cuentas con la vida, empezando a comprender cuánto quería en realidad a las personas que más había odiado”.

Igual que a don Quijote, a este héroe se le volteó la vida al revés, justo cuando la vida era un hilo desfalleciente. En ambos casos, la lucidez es la fuerza que pone en su sitio destinos trastornados o aciagos. 

La guerra de Colombia está a punto de fenecer, de vieja y ulcerada. Un canto postrero puede alumbrar a los guerreros. Como el  siguiente, del costeño Rómulo Bustos Aguirre, poeta del que se hablará cada vez más en los días que uno tras otro serán el posconflicto. Se llama Odiseo: 

La guerra que descaminó mis días 

también me ha entregado su rosa 

Cada cual ha de ir en busca de su rosa

Una rosa violenta

Sé que hay una

para cada hombre en la guerra

Al final serás una 

sombra, un ánfora

vacía. 

Pero habrás oído cantar

a las sirenas.