Una rosa violenta (I) Por Arturo Guerrero

La guerra de Colombia tiene fuente antigua, que no se toca con las manos. La cultura de la violencia es intoxicación que navega en la sangre ciudadana. El Espectador presenta la primera parte de este ensayo.

Los ojos negros de las calaveras. Ojos no, cuencas, pozos de vacío. También las narices son cavidad. Miran, claro que miran, otean. Allá adentro se vislumbra el siglo XIX, el pretérito categórico. Y se proyectan hacia el XX, sin aportar ningún remedio.

* * *

Fueron puestas una al lado de otra, una encima de otra. Severamente orientadas hacia el frente para castigar la pupila viva de los espectadores. ¿Cómo las pegaron? Alguien aportó cemento, aferró los cráneos pensando en la eternidad.

El pedestal está fundado con huesos largos y esdrújulos, fémures, húmeros, cúbitos. A manera de leños de hoguera, para evocar el infierno. Esta base es ancha, hacia arriba las calaveras forman filas cada vez más angostas hasta completar geometría de pirámide.

La aglomeración funesta está cubierta por techo de paja, sombreada por palmeras altas, enmarcada entre cruces de madera desnuda. Un monigote, especie de santo de palo quemado, hace las veces de custodio. No hay nada que custodiar.

Una tabla rectangular emborrona un aviso, a medias legible: “Año de 1901. En recuerdo de…”. Arriba, entrecruzados en equis sobre una vara, un par de mazos o hachuelas. Como la hoz y el martillo de los futuros comunistas.

La fecha indica que esos cráneos tuvieron carne y bríos hasta más o menos año y medio antes. La batalla duró quince días y noches, entre el 11 y el 25 de mayo de 1900. Los muertos fueron cubiertos de tierra santandereana en fosas comunes, sin discriminar el bando en que combatían.

De esas tumbas sin nombres debieron de ser exhumados y limpiados entre náuseas. Mezcolanza de despojos irregulares, troncos cercenados, brazos, piernas amputados a machete. La decapitación en el combate facilitó el rescate de calaveras sin quijadas.

Un aviso mayor corona la pila, “Osario de Palonegro”.

No es osario. Esta palabra es solemne, igual que cenizario, sitio de iglesias y camposantos donde se guardan restos viejos. Valdría más llamarla túmulo de ruinas humanas para disciplinar dos siglos. Es única en su especie en toda Colombia.

La imagen se conserva gracias a fotografía tomada por Amalia Ramírez de Ordóñez, señora con dos apellidos del gran Santander. Ramírez, como Ramírez Villamizar. Ordóñez, como el procurador Alejandro, conocido por otros cúmulos y otras piras.

Diversos documentos difieren sobre el tiempo en que duró erigida la pirámide, que diez años, que cincuenta. Sea lo que sea, muchos ojos alcanzaron a contemplarla sobre la loma de los muertos, donde más tarde se construyeron las pistas del aeropuerto de Bucaramanga. Ojos que recibieron su pedagogía.

Al cabo, gentes pías deshicieron el montón y llevaron en procesión huesos y cuencas expresivas hasta el cementerio católico bumangués. Hoy duermen allí, trastornados y promiscuos, cuatro mil trescientos NN. Alguna vez fueron conservadores y liberales.

Así igualmente lucharon. Dieciocho mil soldados del gobierno conservador, grupos de fusileros, cañoneros, campesinos. Ocho mil combatientes liberales, cuadrillas de macheteros, muchachos escapados de la escuela, coroneles de veinte años, campesinos. Se despedazaron cuerpo a cuerpo en la más fiera de las batallas libradas en Colombia.

Armas blancas, vísceras expuestas, mutilaciones, humo de pólvora, hedor de sangre, hartazgo de aves carroñeras. “Continuo desfilar de espectros, asediados por insomnio, fiebres y desilusión”, narra el historiador Henrique Arboleda Cortés.

El general Próspero Pinzón, comandante conservador y devoto católico boyacense, recibió la sagrada comunión cada mañana en el campo devastado. Implantó en sus tropas la idea de guerra santa. Luego de su victoria hizo celebrar un tedeum en Bucaramanga.

Esa idea instalada en los cerebros combatientes, esa ira infiltrada en la corriente circulatoria de los hombres, era la savia de un vegetal cultural. Era un torcimiento psíquico hacia la sevicia, iniciado mucho antes. Era la resiembra de la cultura de la violencia en este país.

Soldados y macheteros cumplieron amablemente. La consigna era vencer o morir. Se mataron con aspaviento maquinal, propulsados por ira gregaria. Al final de cada día se encendían en fuego los cadáveres, amasijo de miembros y troncos destrozados.

Ocho mil muertos, de los cuales cinco mil liberales. Los caudillos de estos, Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, lograron escabullirse entre montañas con los andrajos de sus huestes y manifiestos de partido.

Catorce años más tarde, Uribe Uribe caería abatido a golpes de hachuela, similar a las dos clavadas sobre la pirámide de huesos. “Apóstol, paladín y mártir”, se lee hoy en el monumento a su memoria desgonzada, en el Parque Nacional de Bogotá.

De esta esfinge parten un siglo después las manifestaciones de protesta hacia la Plaza de Bolívar. Se oyen gritos: “el pueblo unido jamás será vencido”. En la batalla decisiva de la Guerra de los Mil Días, conservadores y liberales, unidos, fueron vencidos.

Palonegro no puso punto final a esta guerra que duró de octubre de 1899 a noviembre de 1902. Fue batalla decisiva pues fue la última con combates de posiciones. Los liberales, en adelante, se convirtieron en guerrillas móviles.

Como las de Guadalupe Salcedo, a mediados del XX, en el llano. Cantante y coplero, conoció en Puerto López a un muchacho liberal de izquierda, compositor de joropos. Guadalupe y Gil Arialdo Rey contrapuntearon un rato, al cabo del cual éste se convirtió en auxiliar de la guerrilla de aquél.

Camuflaba municiones de fusil en panes que enviaba a Guadalupe al Casanare, para que combatiera a los conservadores. Cayó preso, lo iban a matar por chusmero y bandolero. De esa memoria, que es la misma memoria de Palonegro, escribió su éxito El negrito José María:

Ay caramba

por esta sabana abajo

ay caramba

donde llaman la Vigía

Ay caramba

me encontré con un negrito

me encontré con un negrito

llamado José María

Ay caramba

convidó a jugar espadas

ay caramba

le dije que no sabía

Ay caramba

me dijo que me enseñaba

me dijo que me enseñaba

le dije que aprendería

Ay caramba

duramos jugando espadas

ay caramba

siete semanas y un día

Ay caramba

los paticos navegaban

los paticos navegaban

en la sangre que corría

Ay caramba

las espadas se amellaron

ay caramba

de los huesos que rompían

Ay caramba

los chulitos se ahitaron

los chulitos se ahitaron

de la carne que comían

Ay caramba

si no corro tan ligero

ay caramba

me mata José María

Ay caramba

él corrió pa La Poyata

él corrió pa La Poyata

yo pa Barranca de Upía.

La matanza de Colombia se mide por miles, miles de días. Detallar mil es referirse a incontables jornadas. Como cuando se dice mil gracias, queriendo significar muchas gracias. Todos los días suficientes para marcar con pólvora el cierre del XIX y la alborada del XX. Todas las momias necesarias para elevar el triángulo que clama.

La Guerra de los Mil Días fue la última de ocho guerras civiles nacionales y catorce regionales, peleadas en los años mil novecientos. Con matemática certera, García Márquez puso a combatir al coronel Aureliano Buendía en el triple de ellas:

“Promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno”.

Las beligerancias comenzaron en 1812 con enfrentamientos de tres años, nombrados como Patria Boba. Centralistas y federalistas quemaban cartuchos sin reparar en que tenían un enemigo común español. Antes de vencerlo, la ambición quería repartir el botín.

Luego de la independencia de 1819, cada caudillo se autoproclamaba comandante supremo de su propio ejército. Terratenientes conservadores se alzaban contra reformistas liberales que liberaron esclavos, expulsaron jesuitas y suprimieron pena de muerte.

Gólgotas o draconianos, dos ramas liberales que se disputaban quiénes eran más radicales, se aliaban en ocasiones con conservadores constitucionalistas. Liberales federalistas protagonizaron en 1862 la única guerra ganada por insurrectos, que dio pie a la Constitución del 63, de Rionegro.

Ya en el Gobierno, los radicales declararon la educación laica o anticatólica. Para detenerla, cómo no, otra guerra civil abrió puertas a la Regeneración del conservador Rafael Núñez. Una más, ganada por Núñez, llevó a la reforma constitucional que promulgó la Carta del 86. De ciento cinco años, toda una vida, fue su vigencia.

Escaramuza más, escaramuza menos, se llega a nuestra Guerra de los Mil Días. A su didáctica de pirámide con cabezas rebanadas, insignia que habría que agregar al escudo nacional. Nos hermana con el alma del país, da explicación de nuestra sangre caliente. Es espejo donde todo colombiano encuentra identidad.

Incluso antes de la batalla de Boyacá, los caudillos de partidos niños, partidos políticos de leche, veían en la guerra el medio para conquistar y mantener el poder. No había contradictores ideológicos, había réprobos. En lugar de contender con adversarios, se enfrentaban a enemigos.

Dos frases de Bolívar, transcritas por Gabo entre comillas en El general en su laberinto, parecen catedrales: “cada colombiano es un país enemigo” y “todas las ideas que se les ocurren a los colombianos son para dividir”.

Un sustantivo ilustra la condición de los dirigentes de partidos del XIX al debatir sus diferencias políticas, ideológicas o religiosas: intemperancia. Estos son sus sinónimos: insolencia, desenfreno, abuso.

En su relatoría a la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, cuerpo que cumplió con 800 páginas en febrero de 2015, Eduardo Pizarro concluye que los dos partidos históricos serían más bien dos subculturas políticas enfrentadas, dos culturas sectarias. Y anota una “tendencia al uso simultáneo de las armas y las urnas”.

Esta asimilación de política y armas es el revoltijo que el lenguaje seco de los analistas llama “combinación de todas las formas de lucha”. Azules y rojos, centralistas y federalistas, conservadores y liberales, practicaron esta promiscuidad de la forma legal o electoral y la forma guerrera. Al mismo tiempo empuñaban en un brazo la Constitución y en la otra el machete. Todo en procura del poder.

Partido es bandería, facción, grupo, incluso de compañeros de juego, fútbol, tenis. En el partido se comparte y departe. Secta es cosa diferente. La palabreja viene del verbo latino seco, que indica cortar, mutilar, trinchar, desgarrar, lacerar. “¡Los paticos navegaban en la sangre que corría… Las espadas se amellaron de los huesos que rompían!”.

Los sectarios son seguidores de la misma doctrina; si se trata de religión son herejes, se apartan de la comunión principal. Son intolerantes, fanáticos, intransigentes. Aquí hemos tenido sectas, no partidos. Países enemigos en el seno del único país que nos fue dado.

Estas sectas son subculturas, no dan para culturas pues mantienen un reducido campo de mira intelectual y sensitivo. Su contenido cerebral es el dogma, religioso o ideológico. Sus obsesiones son compartimentos estancos, se miran el ombligo, ladran a quien las interpele. “¡Si no corro tan ligero, me mata José María!”.

Apolinar Moscote, politiquero corrupto y suegro del coronel Aureliano Buendía, le daba a éste lecciones esquemáticas sobre las diferencias entre liberales y conservadores:

“Los liberales, le decía, eran matones; gente de mala índole, partidaria de ahorcar a los curas, de implantar el matrimonio civil y el divorcio, de reconocer iguales derechos a los hijos naturales que a los legítimos, y de despedazar al país en un sistema federal que despojara de poderes a la autoridad suprema.

Los conservadores, en cambio, que habían recibido el poder directamente de Dios, propugnaban por la estabilidad del orden público y la moral familiar; eran los defensores de la fe de Cristo, del principio de autoridad, y no estaban dispuestos a permitir que el país fuera descuartizado en entidades autónomas”.

Tras esta cátedra afilada, Gabo continúa su escritura desde la mente de Aureliano quien “no entendía cómo se llegaba al extremo de hacer una guerra por cosas que no podían tocarse con las manos”. Tras ser testigo de fraude electoral por cambio de papeletas en las urnas, éste zanja así su bandería personal: “si hay que ser algo, sería liberal, porque los conservadores son unos tramposos”.

Tiempo después, salvado del fusilamiento gracias a repentina metamorfosis de su verdugo, capitán Roque Carnicero, el ya coronel Buendía aclaró sus pensamientos al punto de poder “examinarlos al derecho y al revés”. Una noche tuvo el siguiente diálogo con su lugarteniente, coronel Gerineldo Márquez:

“—Dime una cosa, compadre, ¿por qué estás peleando?

—Por qué ha de ser, compadre —contestó el coronel Gerineldo Márquez—: por el gran partido liberal.

—Dichoso tú que lo sabes —contestó él—. Yo por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.

—Eso es malo —dijo el coronel Gerineldo Márquez.

Al coronel Aureliano Buendía le divirtió su alarma. ‘Naturalmente’, dijo. ‘Pero en todo caso, es mejor eso, que no saber por qué se pelea’. Lo miró a los ojos y agregó sonriendo:

—O que pelear como tú por algo que no significa nada para nadie”.

¿Por qué peleamos de continuo? ¿Por qué navega pólvora en el fragor arterial de este pueblo, dispuesto a vencer o morir? ¿Qué triunfo vence en la muerte de otros? El rojo que sube a las mejillas de la rabia, resorte tras la mínima altanería, es la sangre ajena que queremos derramar para lavar el orgullo.

En su novela Todos los hermosos caballos, Cormac McCarthy, norteamericano contemporáneo, escrutó la herencia ibérica de los países al sur de la frontera del río Grande:

“En el corazón español hay una gran añoranza de libertad, pero sólo la suya propia. Un gran amor por la verdad y el honor en todas sus formas, pero no en su sustancia. Y la profunda convicción de que nada puede probarse si no es con sangre. Vírgenes, toros, hombres. En última instancia, el propio Dios”.

Sábanas con una rosa violenta, exhibidas por la ventana en noche de bodas; banderillas, estoque y orejas cortadas desde el traje de luces; puñales del duelo con testigos estoicos; corona de espinas, veinte mil y más azotes, contorsión de crucificado en cada altar, sala, comedor.

Hemorragia como demostración, coágulo como divisa, mirada inyectada del todopoderoso como ejemplo de suplicio consagrado. “¡Yo sufro, yo sufro!”, gime la santa Teresa del Niño Jesús en una premiada película de Alain Cavalier, de 1986. Desde adolescente decidió permanecer siempre al pie de la cruz —dice su autobiografía—, para recoger la sangre divina y dársela a las almas.

“Me es imposible sufrir porque todo sufrimiento es dulce”, concluye. Era francesa, no española, pero ingirió la mística de los españoles Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, a quien llamaba “madre”. Murió de tuberculosis —tos y sangre—, a la edad de 24, en el año anterior a la Guerra de los Mil Días.