Subjetividades de la guerra

Mi relación con la violencia no fue intelectual, sino más bien intimista, prenarrativa que me remitía a mis orígenes, a mi infancia, a mi pueblo… mi primera memoria de aquellos episodios es la huida. Fue en 1951. Mi padre recibió aviso de que iba a ser asesinado, y una noche cualquiera, abandonándolo todo, partimos para Bogotá, engrosando la lista de lo que en la época se llamó «exiliados» y hoy, desplazados. Gonzalo Sánchez, el niño que huyó con su familia del Tolima, es hoy Director del Centro de Memoria Histórica.

 
Fui violada cuatro veces y ocurrió desde que estaba muy pequeña. Vivía en los Montes de María y como era una muchacha de 17 años me gustaba salir de fiesta. Fue después de una de esas fiestas que empezó mi calvario. Al salir me cogieron unos soldados y me violaron. La segunda, paramilitares, pero nunca denuncié lo que había pasado por miedo a que me juzgaran y dijeran que me lo había buscado. Cleiner Almanza. Mujer quien trabaja por la defensa de mujeres víctimas del conflicto armado.
 
Colombia ha sido un país de guerras inconclusas y recurrentes. Guerras cuyos referentes históricos están presentes en los recuerdos de muchos de nuestros antepasados, en sus narrativas, en sus comportamientos y hasta en sus temores más infantiles. Aureliano Buendía en Cien años de Soledad, del escritor García Márquez, podría encarnar desde la literatura el arquetipo del guerrero que pareciera eterno, por haber participado en 32 guerras civiles y haberlas perdido todas. A su vez Úrsula Iguarán encarna la fuerza femenina que enfrenta las adversidades, cuida la prole y se resiste a olvidar.
 
Guerras pasadas y presentes cuyas marcas atraviesan de manera intergeneracional nuestros procesos de subjetivación, entendidos éstos como complejas configuraciones de las experiencias de sí. Experiencias que escapan a prácticas y concepciones de un yo único, libre, racional, totalmente autónomo. Guerra que desnuda y exacerba nuestra condición de seres vulnerables y profundiza el patriarcado que por siglos ha pretendido explotar, someter, destruir. La nuestra es una Colombia donde hemos crecido en la práctica de una enemistad intemporal, lo dice poéticamente William Ospina. Las guerras nos ha transformado a todos de alguna manera por acción o por omisión, en víctimas y victimarios.
 
La Guerra de los mil días inaugura el paso del país al siglo XX con sus más de 100 mil muertos -algunos historiadores señalan que hubo más de 170 mil muertes- y cientos de desplazados quienes huyeron de sus territorios para buscar refugio en las incipientes ciudades que empezaban a reconfigurarse con el arribo de las víctimas de la violencia. Uno de cada 20 colombianos murió en esta guerra, la mayor mortandad durante todo el siglo XIX.
 
En palabras de Gonzalo Sánchez, la memoria y la verdad sobre la guerra de los Mil días queda plasmada especialmente en los textos oficiales de quienes pactaron la paz, los conservadores. Memoria y verdad de vencedores.
 
La violencia conservadora-liberal de los 50, guerra de los siete mil días, así la nombra John Henderson, la guerra civil que libraron los dos partidos tradicionales en Colombia: liberales y conservadores, la cual se ubica entre el período comprendido entre 1946 y 1958. El odio sectario asoma de nuevo. Ya lo había dicho Miguel Antonio Caro, presidente conservador desde 1892 a 1898, a propósito de las guerras del siglo XIX: en Colombia no hay partidos políticos, hay «odios heredados».
 
La guerra actual es una acumulación de guerra de guerras. De nuevo los odios de violencia liberal-conservadora, se vinculan a la violencia social con pretensiones de gran revolución. La guerra de guerrillas de los 60, la presencia del paramilitarismo de los 80, de narcos, como grandes victimarios de esta degradada confrontación, que lleva más de 50 años. Guerra librada con mayor intensidad en el campo, en pueblos y veredas. Guerra que ha ahondado la brecha entre la Colombia de grandes y medianas ciudades y la Colombia profunda. Una guerra que en la última década se nos ha hecho creer que se libra solo contra un grupo guerrillero, afincada en el odio vindicativo similar al odio que movió las guerras del siglo XIX.
 
Hoy, después de cien años de guerra y soledad, en Colombia, exigimos una segunda oportunidad sobre la tierra.
 
Columna para el periódico La Patria

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