No hubo tiempo para la tristeza

«No hubo tiempo para la tristeza» es el nombre del documental desarrollado por el Centro Nacional de Memoria Histórica con el propósito de presentar los testimonios de las víctimas de todas las formas de violencia de esta guerra colombiana, en la cual el ataque sistemático y bárbaro a la población civil, ha sido la principal estrategia de paramilitares, guerrilleros e incluso integrantes de las Fuerzas Militares. Hoy en nuestro país cerca de 6 millones de personas han sufrido los efectos de este conflicto degradado y cruel, definido por muchos como un conflicto de alta frecuencia y baja intensidad con el propósito expreso de los guerreros, de buscar mantenerlo invisible de cara a muchas colombianas y colombianos.

El documental fue rechazado en las salas de cine comercial, en especial por Cine Colombia, por considerar que se trataba de un trabajo que contenía escenas de gran realismo y crueldad. Igual suerte han corrido los documentales «Impunity» y «Testigo Indeseable», en los cuales se ha privilegiado presentar la perspectiva de las víctimas del conflicto armado en Colombia.

Los argumentos utilizados para impedir que cientos de colombianas y colombianas entren en contacto con el dolor y al mismo tiempo con tanta dignidad de las víctimas, han sido vergonzosos. Afortunadamente gracias a Internet es posible verlos para conocer las narrativas de los viejos, las mujeres, niños, indígenas y negros sobre los impactos de la guerra en territorios como la Chorrera, en el Amazonas; Bojayá en el Chocó; San Carlos en Antioquia; Valle Encantado a orillas del Rio Sinú, entre otros lugares.

«No hubo tiempo para la tristeza», se fundamenta en las investigaciones realizadas en el informe «¡Basta Ya! Colombia: memorias de guerra y dignidad» (presentado al país en julio del 2013), el cual ratifica que nuestro conflicto armado ha producido la mayor tragedia humanitaria del último siglo en este continente: 220.000 muertos, de los cuales el 70% son población civil.

Con una hermosa banda musical que acompaña la producción, se nos invita a acompañar la travesía del dolor: «déjame llorar, préstame tus alas, regálame unas horas, acompáñame a soñar, que cuidamos rosas, del mismo jardín…».

A lo largo de esta travesía también se escuchan los testimonios del párroco de Bojayá, Antún Ramos: «…en el 2002 si no estás asido a la fe, te descompones». Y Doménico Chala, líder de la zona, nos dice estas palabras: «…ponemos el cuero de esta guerra loca, nosotros los pobres». Son estas víctimas quienes convierten la memoria en piedra angular para exigir verdad, justicia y perdón pero no olvido.

Son ellas y ellas quienes exigen respuestas a sus reclamos y preguntas, como las de Ester Polo, joven líder del Valle Encantado, un asentamiento de mujeres donde enfrentan con resistencia pacífica a los paramilitares. Ester nos pregunta a cada colombiana y colombiano, a esta Colombia indiferente y ciega: «¿cuánto vale la guerra? ¿cuánto invierten para matarse y matarnos?». Y otra vez escuchamos la voz que nos invita a acompañar a las víctimas en sus sueños; los sueños de una Colombia en paz, de una Colombia donde NUNCA MÁS se repita tanta crueldad e ignominia: combates, masacres, desaparición completa de cientos de pueblos, reclutamiento de niños, desapariciones, secuestros, hornos crematorios, violencia sexual, empalamiento de mujeres, despojo de tierras, terror.

«Nos ha tocado andar sobre los cadáveres en San Pablo», el municipio que algunos consideran ha sido el laboratorio por excelencia de los guerreros. Guerrilleros, paramilitares y en ocasiones integrantes de las Fuerzas Militares se ensañaron con ellos. Hoy, dice uno de sus habitantes, aún existen cerca de 350 fosas comunes donde están los restos de sus vecinos, amigos y parientes. Y así, en medio de la tragedia, la voz de una joven canta la memoria del dolor: no soportamos más lágrimas derramándose …ni una guerra más.

Es urgente que en este 2014, Colombia tenga tiempo para la tristeza, tenga tiempo para los duelos, porque sólo en el encuentro con el otro, con la otra, podremos co-dividir tanto dolor y nutrirnos de la resistencia creativa de millones de víctimas en Colombia, para así unirnos al ruego: «déjame llorar, préstame tus alas. Regálame unas horas, acompáñame a soñar…».

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