No hay gabinete para la paz

No es un secreto que en las pasadas elecciones voté por la paz. Lo haría una y otra vez, sin arrepentimientos, sin condiciones ni contraprestaciones, porque repito que yo también prefiero una paz imperfecta y no una guerra perpetua.

Sin embargo, nuestro voto por la paz no era una camisa de fuerza, ni una mordaza, ni mucho menos un llamado a la censura. Así lo han pretendido algunos incautos, al señalar que no tenemos derecho ni autoridad para criticar al nuevo gobierno del presidente Santos.

A ellos y ellas habrá que aclararles que se equivocan. Precisamente, quienes votamos por la paz estamos aquí -libres y sin ataduras- para exigir el cumplimiento de un compromiso adquirido, que no es otro que la paz con justicia social. Así también lo consagra la Constitución, al establecer que la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.

En otras palabras, sea esta la oportunidad para aclarar, de nuevo, que mi voto por la paz no hará que guarde silencio frente a las fallas, las irregularidades y las debilidades del nuevo mandato del Presidente de Colombia, de la misma manera que destacaré sus aciertos y sus virtudes. Así lo he hecho a lo largo de estos años, al considerar que la independencia deliberativa, los debates de control político, las denuncias y la crítica constructiva son aportes invaluables para la reconciliación, la memoria y la justicia.

Más aún cuando es bien sabido que a buena parte de los enemigos de la paz los mueve el odio, el vacío de poder y la sed de venganza, sentimientos que en nada contribuyen a la reconciliación en Colombia, ni mucho menos a la búsqueda de la verdad, el perdón y la reparación.

Pero el propósito de esta columna es otro. Tras las aclaraciones previas, escribo estas palabras porque francamente desconcierta el nuevo gabinete del presidente. No parece el equipo para la paz y el posconflicto que nos soñamos millones de personas que conservamos la esperanza por el fin del negocio de la guerra, esa que nos mantiene contando niños muertos, jóvenes desplazados, mujeres violadas y víctimas inocentes de la sociedad civil.

No se trata de banalizar la discusión, pero parece un gabinete endogámico. Son un puñado de amigos y amigas de universidades privadas que se intercambian mutuamente puestos y cargos, pero la perspectiva sigue siendo la misma. Así lo ha reseñado el portal La Silla Vacía, al constatar la puerta giratoria al interior del Gobierno: «Ocho de los 22 miembros del equipo que presentó (Santos) simplemente pasaron de un cargo a otro: Santiago Rojas (del MinComercio a la DIAN); Cecilia Álvarez (del MinTransporte al MinComercio); Aurelio Iragorri (del MinInterior al MinAgricultura); Lucho Garzón (de asesor del diálogo social a MinTrabajo); Tatiana Orozco (de Planeación al DPS); Cristina Plazas (de la Secretaría Privada al ICBF); Gabriel Vallejo (del DPS al MinAmbiente); y Gina Parody (del Sena al MinEducación)».

Como quien dice, son funcionarios públicos que les asignan cualquier responsabilidad, sin importar sus historias de vida, su experiencia profesional o sus habilidades técnicas, lo cual es grave porque eso significa que llegan a los cargos a aprender, pues no conocen el sector que les ordenan, salvo contadas excepciones, como Yesid Reyes, Liliana Caballero o Juan Fernando Cristo, entre unos pocos. Por supuesto, no se trata de descalificar a las personas, ni demeritar sus capacidades, pero este país lo que necesita es una perspectiva diferente, que incluya la diversidad y las realidades regionales.

Ni hablar del nombramiento de Néstor Humberto Martínez, la mano derecha del presidente. Parece un chiste, pero es una verdad cargada de cinismo, pues el nuevo «súper Ministro» es el mismo que propuso la formalización mañosa de tierras baldías, y el mismo que asesoró a Pacific Rubiales, al Grupo Aval, al Banco Davivienda, a Caracol Televisión, al Grupo Santo Domingo, a RCN, a Luis Carlos Sarmiento y a múltiples empresas privadas. Dicho de otra manera, Martínez es la cuota de la banca y del sector privado, no el representante de los intereses del Estado. Duele reconocerlo y advertirlo, pero con esos nombramientos no parece haber gabinete para la paz de Colombia.

COLUMNA PARA EL PERIÓDICO LA PATRIA

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