Llegó la hora de la pedagogía para la paz

Llevo casi cuatro años insistiendo, promoviendo y trabajando en la necesidad de la pedagogía para la paz, y tengo la firme convicción de que no ha sido en vano. Con el triunfo de Juan Manuel Santos en las elecciones presidenciales, no son pocos los políticos, los periodistas, los artistas, las organizaciones de la sociedad civil y los ciudadanos que poco a poco han ido reconociendo que a los diálogos de paz les falta una buena dosis de pedagogía y aún cuando algo se ha avanzado, la tarea apenas comienza. Porque no hay duda que Colombia necesita un cambio cultural que nos permita superar el odio, la desconfianza, la sed de venganza, el atajo, la ilegalidad, el todo vale, la violencia sexual, la pobreza, el reclutamiento, la corrupción, el clientelismo y la violación de los derechos humanos.

Es una tarea pedagógica de largo aliento, que nuestro Maestro Carlo Federici caracterizaba como una interacción libre de jerarquías, abierta a las distintas expresiones, donde debemos estar dispuestos a escuchar y a aprender desde la diferencia y la confianza. Pero, ¿cómo logramos construir y generar la confianza? Me atrevo a creer que tenemos que estar dispuestos a sacar lo mejor de cada uno, como nos propuso Antanas Mockus. En otras palabras, lo fundamental será declararnos dispuestos a perdonar, a confiar, a reconocer la diferencia, a intercambiar opiniones y argumentos con el Otro, a ser mejores de lo que hasta ahora hemos sido.

Así también lo han sugerido las mujeres del campo, los jóvenes, los líderes de pueblos indígenas, los movimientos LGBTI, las comunidades afrodescendientes y las voces de niñas y niños, quienes reclaman no solo el silencio de los fusiles, sino también la salida a la intolerancia, la indiferencia, la injusticia, la falta de solidaridad, la desidia del Estado y la exclusión. Y son ellos y ellas quienes más han soportado los crímenes de lesa humanidad, la pobreza, el dolor, el desplazamiento y el despojo, pero a su vez son ellos y ellas quienes más nos invitan al fin de la violencia. Esa será entonces nuestra gran lucha en Colombia: no solo transitar de la guerra a la paz, sino a aprender a vivir democráticamente, con dignidad, en convivencia y con justicia social.

Porque hay que decirlo: los diálogos de paz son una valiosa oportunidad para asomarnos pedagógicamente a nuestra Colombia profunda: la Colombia de las regiones, de las víctimas, de los excluidos, de los perdedores, como la llamaba el profesor y filósofo Guillermo Hoyos. Esa Colombia donde viven quienes exigen ser reconocidos y escuchados, esa Colombia que muchos de nosotros conocemos de manera superficial, cómoda y precaria, y que esta guerra nos ha hecho mirar con pereza, con desprecio, con desdén.

Por eso estamos ante la oportunidad de reconocer que vivimos en uno de los países más desiguales del mundo; que debemos reconciliar los temores de los más ricos con las aspiraciones de los más pobres; que en nuestro país no hemos logrado desterrar la violencia de nuestras interacciones por cuenta de esta guerra degradada y cruel; que aún en medio del dolor, hay millones de personas que siguen luchando de manera persistente y creativa por la paz. Son ellas y ellos, con sus testimonios e historias de vida, quienes aportan a la memoria colectiva, quienes logran despertarnos de la apatía y la indiferencia.

Por fortuna, en esta tarea nos acompaña Antanas Mockus, quien de manera libre e independiente decidió jugársela por el fin del conflicto en Colombia, quizás dejando entrever que cuando preguntó hace cuatro años «¿ahora qué?», su respuesta no sería otra: «ahora todo» por la paz de este país. Llegó la hora de la pedagogía para la paz. Llegó la hora para que todas y todos podamos aprender y enseñar ¡Esta vez la paz va en serio!

COLUMNA PARA LA PATRIA

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