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Las antígonas contemporáneas: una reserva ética frente a la guerra

Esta columna está basada en un texto de mi autoría incluido en el libro «Divergencia: múltiples voces nombran lo político», el cual fue publicado por el CINEP y la Universidad Javeriana en el año 2010. Quise reproducirlo en este espacio en razón de su vigencia, y especialmente, dada su pertinencia en el marco de la conmemoración del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, celebrado el 25 de noviembre.

 
Al reflexionar sobre la política, algunos de mis referentes han sido las imágenes femeninas milenarias que, como Antígona, Penélope o Sherezada, han estado presentes para romper certidumbres, cuestionar límites, visibilizar realidades, encarnar mitos e inspirar nuevas representaciones de la realidad. En ocasiones he pensado en las relaciones entre poética y política a propósito de la imagen de Antígona, quien pone en cuestión los límites entre lo privado y lo público, entre las leyes de los dioses y los hombres, entre la guerra y la política, entre las relaciones del honor y del amor.
 
Antígona encarna el amor al Otro y se convierte en reserva ética para el cuidado de los vivos y de los muertos. En el grito de Antígona se funden los gritos de cientos de mujeres que por siglos hemos insistido que no hemos nacido para compartir odio sino amor. Por ello Antígona vive entre los campos devastados por la guerra y el desplazamiento, entre los cientos de pueblos abandonados donde muchas mujeres se resisten a salir, donde muchas de ellas exigen tener el derecho a sepultar sus muertos y cuidar la vida.
 
Y digo que las mujeres somos reserva ética porque hemos hecho resistencia frente a las prácticas patriarcales de sometimiento, de exclusión, de violencia. Es la fuerza de lo femenino, donde nuestras prácticas cotidianas y sociales han estado más cerca de nutrir que de consumir o devorar. Porque lo femenino se ha convertido en espacio de resistencia frente a las ideas que han vinculado el progreso y el crecimiento con la perversa convicción de que el desarrollo significa consumir más, poseer más, devorar más.
 
Hoy invocamos a las Antígonas contemporáneas como reserva ética y estética frente a esta guerra que hace más de cincuenta años vivimos en Colombia. Imágenes como éstas nos recuerdan las miles de mujeres colombianas que, como Antígona, sufren hoy el autoritarismo y la guerra, en la muerte y en la desaparición de sus compañeros, hermanos, padres e hijos. Estas mujeres, en medio del dolor, se han negado por años a aceptar las instrucciones y la crueldad de quienes han convertido a nuestra sociedad en un ente controlador, vigilante, en una máquina de guerra, destruyendo confianzas, antiguas lealtades y redes sociales. Una sociedad donde se obedece sin reparos, sin deliberación, aunque las órdenes vayan en contravía de las leyes de la polis y desafíen a sus dioses.
 
Por ello necesitamos la reserva de lo femenino, que se opone al mundo donde prima la violencia, la destrucción, el odio. No tengo duda: serán las antígonas las que nos ayuden a salir a los campos, no solo para sepultar con dignidad a los muertos, sino para identificar a los victimarios y para reclamar justicia. Su expresión contemporánea está encarnada en las abuelas de la Plaza de Mayo, en las mujeres de La Candelaria, en las mujeres del oriente de Antioquia, en las miles de mujeres y organizaciones que han recorrido este país bajo el lema: «Las mujeres pazarán».
 
Recurrir hoy a la imagen de Antígona es recurrir a ésta como reserva ética y estética, que se expresa en la mezcla alquímica entre el amor al Otro y el valor de la justicia, dos actitudes que necesita con urgencia esta guerra intestina, degradada y sucia. Antígona es la figura que pone límites al odio, ese gran opositor de lo humano; pero es también quien se enfrenta al tirano reclamando justicia para todos los Polinices, que son hoy los cientos de hermanos muertos, desaparecidos o torturados en esta tierra colombiana, baluarte de la impunidad. Frente a todos ellos seguiremos exclamando: no hemos nacido para compartir odio sino amor.
 
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Columna para el periódico La Patria