La vida de las mujeres en el campo colombiano

«Quiero que la lucha por la igualdad y la dignidad que estamos librando aquí en el Catatumbo, quiero que esa lucha llegue también a mi casa. No quiero seguir siendo la primera que se levanta y la última que se acuesta. Después de trabajar sin descanso. Quiero tener tiempo para hacer realidad mis sueños».

Estas fueron las palabras que escuché de una mujer campesina en la región del Catatumbo, en una de las muchas reuniones que realizamos en nuestra condición de mediadores del conflicto que se vivió allí por varias semanas en el segundo semestre de 2013.

El reclamo de esta mujer líder, expresa la dureza de la vida de miles de mujeres que habitan hoy en el sector rural colombiano, quienes como se ha documentado en diversas investigaciones como las del PNUD (2011) y Oxfam (2013) sufren una triple condición de discriminación: La discriminación por ser mujer que produce la cultura machista, la discriminación que genera los territorios de guerra de nuestro país y la exclusión que se vive en la Colombia Rural con un índice Gini de 0.82, donde 1 significa desigualdad total.

Estas mujeres campesinas tienen muchos dolores, han sido víctimas de violencias y sin embargo, siguen construyendo esperanza, proyectos de vida y apuestas políticas que han permitido que nuestra tierra, nuestra alimentación, nuestro sustento se siga manteniendo.

Los fríos datos reflejan estas exclusiones:

Según la Encuesta de Calidad de Vida, una de cada cuatro mujeres rurales no ha terminado la primaria y apenas el 9,5% tiene estudios universitarios.

El porcentaje de mujeres rurales desempleadas es del doble que el promedio nacional.

Ante esta situación las mujeres proponen mercados campesinos, generan cadenas entre organizaciones sociales que permitan vender sus productos sin intermediarios, para de esta manera resistir frente a los efectos de los 13 Tratados de Libre Comercio.

La brecha salarial en el campo, entre hombres y mujeres es del 40%, en la Colombia urbana esta brecha es del 20%. Según la Cepal, Colombia es el país con el porcentaje de mujeres rurales sin ingresos propios (53%) más alto de América Latina y sin embargo estas mujeres tienen tres o hasta cuatro jornadas de trabajo: Estas mujeres son las que organizan a los niños y niñas, las que hacen el desayuno de sus esposos, las que se preocupan por las tareas de sus muchachos o muchachas y las que, además, hacen tareas agrícolas como producir nuestros alimentos, limpiar y cuidar las arvejas, los frijoles, ayudar a vender los bananos, la papa y el maíz. Ellas solo saben de deberes, no de derechos.

Y a pesar de todo les escuchamos expresiones como: «He sufrido, pero acá estamos para echar pa´lante» y lo hacen así a pesar de este conflicto armado que desplaza mujeres y niños; a pesar de proyectos agroindustriales y mineros que concentran, dinamitan la tierra, acaban el agua, y oprimen los proyectos colectivos agrarios; a pesar de que sobreviven y resisten a los famosos TLC, los cuales golpean significativamente sus ya precarios e inciertos ingresos. Como lo dice Oxfam en su último informe «Efectos sobre la economía campesina: TLC con USA». Las exportaciones hacia Estados Unidos, en estos 9 meses después de la aplicación del TLC han bajado en un 10%, las importaciones han aumentado en un 15%, afectando esta situación nuestra balanza comercial con USA. Luego del TLC la balanza con el Gran Hermano ha bajado en más de un 40%: pasó de 7,5 billones a 4,5 billones y nos piden esperar ¿Es esto razonable?

En estos impactos negativos de los TLC, los que más sufren son las personas de menores ingresos ¡En este caso las mujeres rurales!

Estamos ante mujeres que ante la adversidad resisten día a día, se empoderan y proponen.

Proponen, por ejemplo un desarrollo rural en el que ellas sean protagonistas y en el que la economía campesina se articule con la participación política, de tal forma que las decisiones sobre nuestro campo y su desarrollo tengan voz y voto las mujeres rurales.

Proponen también que colectivamente nos dé un ataque de optimismo, de lucha esperanzadora y sin violencia para construir una Colombia en paz, con justicia social, para vivir con dignidad.

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