Pulzo

¿Falsos positivos judiciales?

Ahora cuando ya cesó por el lado de las Farc, la horrible noche y muchos estamos celebrando con emoción el cierre oficial de los contenedores previstos por Naciones Unidas para clausurar la guerra que por tantos años nos ha agobiado, se abre otra imagen quizás más alarmante y es la de una cadena humana de jóvenes sindicados nada más y nada menos que de terrorismo.

Y es alarmante por muchísimas razones, entre otras, porque estamos en un país bastante acostumbrado a cientos de crímenes que nunca se resuelven y a una impunidad cercana al 93%. ¿Cómo es que ahora la Fiscalía se volvió tan expedita para judicializar a estos muchachos, muchos de ellos provenientes de nuestra mejor universidad, comprometidos en asuntos de activismo político y defensa de derechos humanos? ¿Cómo es que las pruebas que definen sus vidas y las de sus familias no son lo suficientemente sólidas, pero esta Fiscalía está dispuesta a judicializarlos porque dice tener las evidencias e investigaciones contra ellos?

Hoy recuerdo lo que significó en la vida de 13 hombres y mujeres jóvenes acusados en noviembre del 2005 por atentados ocurridos en Bogotá y por promover disturbios en la Universidad Nacional. La medida de anular la decisión del juez de conocimiento de inculparlos y enviarlos a la cárcel, en ese momento, se tomó en el juzgado 44. Fueron acusados de rebelión, terrorismo y violencia contra servidores públicos ¿Qué ha pasado con la vida de estas personas? ¿Qué huellas les dejó esta dolorosa experiencia? La situación de los jóvenes capturados en esta oportunidad es de mayor gravedad, sin embargo lo ocurrido en el año 2015 debe ser un llamado a la prudencia al Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez, quien pasa hoy por uno de sus peores momentos, por los hechos acaecidos con Gustavo Moreno, el fiscal de la campaña “bolsillos de cristal”, quien era uno de los encargados de devolverle credibilidad a la vilipendiada justicia en Colombia.

Esta generación nos ha dado pruebas contundentes de que son lejanos a la guerra y a la muerte, les vimos con ríos de banderas blancas por muchos días agitando la paz, prendiendo velas en todas las plazas públicas para preservar vidas, nos sacaron a la calle a respaldar la refrendación positiva de los Acuerdos de Paz, muchos de ellos son pacifistas, animalistas, ambientalistas, críticos de la injusticia, de la politiquería, de la corrupción. Realmente cuesta mucho trabajo creer que estos jóvenes puedan organizar un plan para acabar con la vida de civiles inocentes.

Esta semana leía en algún medio las historias de las mujeres jóvenes detenidas y todos padres, familiares, cercanos, compañeros de trabajo y amigos coinciden en que resulta imposible verlas vincularlas con actividades terroristas, cuando han dedicado su juventud a defender los derechos humanos de los más vulnarables en su país.
Sin duda, la Fiscalía, tan ocupada en estos días, tendrá que poner toda su capacidad y acervo probatorio para demostrar si en realidad estos jóvenes son culpables de los crímenes que se les imputan. Esta tragedia se nos devuelve a todos sobre la responsabilidad que tenemos como sociedad. Algo estamos haciendo mal para que muchos jóvenes, no solo en Colombia, sino en otros lugares del mundo sean cooptados que siguen promoviendo el miedo, el terror y la muerte.

No se trata de exculparlos. Si son responsables deberán responder con todo el rigor de la ley y es tarea del Estado garantizar que así sea, como lo es también prevenir que estos actos ocurran. Se trata de revisar cuál es el presente y el futuro que les ofrecemos, la ética que les imponemos y las prácticas que deben aprehender o desaprender. Sin duda en parte el éxito en la implementación de la paz con la guerrilla de las Farc, en donde el compromiso básico es que ellos dejen las armas, será que el Estado les garantice el respeto por sus vidas, la inclusión con oportunidades y les facilite reglas democráticas para que quienes quieran hacer política, la hagan en franca lid. Tendremos que demostrarles efectivamente que la vía armada y la violencia no serán opciones admisibles y que en cambio, los jóvenes están llamados a ser luz para el mundo y esperanza para construir un futuro mejor.

Columna para el periódico LA PATRIA