¡Cuerpos de mujer, territorios de guerras!

Durante décadas víctimas, líderes, periodistas, organizaciones sociales y de derechos humanos, han denunciado los horrores de la guerra. A diario nos enfrentan con dolorosos testimonios, historias de vida, cifras, datos que estremecen. He visto de frente a las mujeres que con valor, desafiando las amenazas a su vida e integridad, denuncian cómo todos los actores del conflicto armado en Colombia han acudido a la violencia: acosos, abusos y violaciones, como una tenebrosa estrategia bélica.

Las mujeres colombianas han narrado de mil maneras el grado de deshumanización a que han llegado los distintos actores del conflicto, incluyendo, y esto reviste la mayor gravedad, a miembros de las Fuerzas Armadas, a quienes corresponde defender los Derechos Humanos. De acuerdo con la información suministrada por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, para el período 2007-2009, aunque se advierte un alto subregistro, las cifras son alarmantes: las mujeres constituyen aproximadamente el 85% de las sobrevivientes del conflicto armado. La información disponible para el año 2008 señala que el 15,8% de estas mujeres en situación de desplazamiento, han sido víctimas de violencia sexual. En el contexto de este conflicto, se registraron 114 denuncias de violencia sexual contra ellas, en los casos en que se conoce el presunto autor, el 83% corresponde a miembros de la fuerza pública, 7% a grupos paramilitares y 9% a grupos guerrilleros. A pesar de las directivas emanadas por el Ministerio de Defensa, de «cero tolerancia frente a la violencia sexual», algunos de sus miembros parecen prestar oídos sordos a las mismas.

Según Amnistía Internacional con la arremetida de la Seguridad Democrática, la población civil ha quedado en muchos municipios de Colombia en condición de total vulnerabilidad, expuesta a violaciones de derechos humanos por la presión y la represión de uno y otro bando, al quedar atrapada entre el fuego cruzado de los guerreros. Especialmente ello ha sucedido en comunidades donde el conflicto ha escalado, allí las mujeres han sido blanco de sus ataques, como lo ocurrido con las campesinas de El Salado, las indígenas del Cauca y del Putumayo, las afro descendientes del Chocó, las mujeres del nordeste y sureste antiqueño, las mujeres y niñas en Arauca. De acuerdo con cifras de la Mesa de Mujer y Conflicto Armado, entre julio de 2007 y junio de 2008, 105 mujeres fueron asesinadas por fuera de combate, a causa de la violencia sociopolítica, el 83% de estos crímenes se atribuye a actores del Estado y paramilitares, el 17% a los grupos guerrilleros.

La violación y la violencia sexual ejercida de forma sistemática sobre el cuerpo de las mujeres, se ha constituido en una táctica explícita y sistemática de guerra dentro del conflicto armado colombiano. Una forma de «calmar» a las tropas, de «premiarlas»; pero también una estrategia para humillar al enemigo, a fuerza de convertirlas en botín de guerra.

Informes nacionales e internacionales, dan cuenta del incumplimiento de las obligaciones del Estado en este campo. La Defensoría del Pueblo en un informe sobre violencias sexuales contra las mujeres, concluye que el Estado colombiano no ha logrado garantizar la protección de las víctimas de estos delitos de lesa humanidad, propiciando así una situación de total impunidad. Las instituciones responsables de garantizar y restablecer sus derechos, Ministerio del Interior y la Justicia, Ministerio de Protección Social, Fiscalía, y Policía, no han desarrollado políticas públicas al respecto y más grave aún, por denunciar estos crímenes de lesa humanidad, líderes de organizaciones de mujeres y defensores de derechos humanos, están amenazadas de muerte, por grupos de autodefensa.

Algo grave está pasando en Colombia, cuando hemos permanecido tantos años con los ojos y los oídos cerrados frente a la guerra, al sufrimiento y la muerte de sus víctimas. Algo grave ocurre cuando los cuerpos de cientos de mujeres, se convierten en territorios de guerra y no pasa nada. Ya es hora, como lo señalaba recientemente Héctor Abad, a propósito de las amenazas contra la periodista Maryluz Avendaño, de acompañar a estas valientes mujeres y de decirles: lo que es con ellas, es con todas y todos los colombianos.

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