Crímenes de odio

El profesor Guillermo Hoyos, quien nos ha enseñado que la filosofía es política o no es filosofía, abrió en el año 2001, en el Instituto Pensar de la Universidad Javeriana, con el apoyo del Goethe Institut, el llamado Ciclo Rosa cuyo propósito fue contribuir a la discusión en torno a las distintas formas de discriminación de las cuales han sido objeto los movimientos homosexuales. De manera particular en los diferentes eventos que se realizaron, fue analizada por académicos, artistas, directores de cine, nacionales e internacionales, la situación en Colombia. El quinto Ciclo Rosa realizado en el año 2005 se ocupó de los llamados Crímenes de odio, es decir de aquellos crímenes que se cometen debido a prejuicios de tipo étnico, religioso, xenófobo o de orientación sexual. Crímenes cuyo impacto en las sociedades no se evalúan solo en términos estadísticos, sino por los efectos políticos y culturales que éstos producen: exclusión, estigmatización, intolerancia. El «tú no tienes derecho a vivir» porque eres feo, porque tienes una raza diferente a la mía, porque eres «desviado», porque eres «anormal», son algunos de los motivos que están presentes en los Crímenes de odio.

 
Pues bien, las recientes expresiones del senador de la República Roberto Gerlein, me recordaron dolorosamente muchos de los análisis que se hicieron en la quinta versión del Ciclo Rosa. Expresiones formuladas a propósito del debate sobre matrimonio gay en Colombia: «Ser gay es un problema genético. El sexo entre homosexuales es sucio, asqueroso, excremental y merece repudio», éstas y otras expresiones igualmente vergonzosas fueron dichas en la Comisión Primera del Senado, espacio donde se proclama vive la democracia. Lo dijo sin sonrojarse, impunemente. Y no hay derecho. No lo hay porque los congresistas tenemos el deber de respetar el principio constitucional por excelencia: la dignidad humana.
 
No es justo que el poder sirva de excusa para dirigir campañas discriminatorias, máxime cuando se lideran con recursos públicos bajo el amparo de la «inviolabilidad parlamentaria», que evita la persecución judicial por las opiniones emitidas por quienes decimos representar en el Congreso a la ciudadanía.
 
Ya la historia comprobó qué ocurre cuando el poder se ejerce en función de la persecución, la estigmatización, la intolerancia, el fascismo y el desprecio. La humanidad ya fue testigo de esa barbarie y nos resistimos a repetirla. Porque las minorías también tienen derechos, así no le guste al senador Gerlein y a muchos quienes como él, abusan de su poder, e invocan de manera directa o indirecta los sentimientos de odio hacia el otro, hacia el considerado diferente y por ello inferior. Vale recordar que el movimiento LGBTI se ha ganado a pulso su derecho a la diferencia, a la igualdad, a la inclusión y a la diversidad. La Constitución del 91 obliga al Estado a proteger sus derechos fundamentales, luchando contra las distintas formas de discriminación, incluidas la homofobia y evitando la reproducción de la macabra «limpieza social».
 
Por eso, a través de un derecho de petición radicado el pasado 22 de noviembre, pedí al Procurador General se pronunciara frente a las declaraciones de Roberto Gerlein, pues nuestra Constitución establece que, independientemente de sus convicciones religiosas, el Procurador tiene que velar por el cumplimiento de la Ley y proteger los derechos humanos de todas y todos los colombianos. De todos y todas (léase bien), incluidos los homosexuales.
 
Celebro, eso sí, que buena parte de la ciudadanía se hubiera indignado con Gerlein y exigiera una disculpa o una rectificación, que lamentablemente nunca llegaron. Sin embargo, se escucharon voces de protesta contra la violencia homofóbica, voces que buscan romper paradigmas y estereotipos sobre el matrimonio, la familia o las orientaciones sexuales, voces que nos recordaron que nuestra investidura nos obliga a expresarnos con respeto. Más aún cuando estamos apostándole a la paz, proceso que nos exige iniciar por des-armar la palabra.
 
Y no se trata de atentar contra la libertad de expresión, que valoro, defiendo y reconozco. No es ese el propósito, como han querido ver algunos defensores de Gerlein. Ni más faltaba. Pero jamás guardaremos silencio cómplice frente a expresiones que podrían terminar justificando crímenes de odio.
 
Coletilla: mis mejores deseos por una Navidad y un nuevo año en paz. Regresamos en enero.
 
COLUMNA DE OPINIÓN PULICADA EN EL PERIÓDICO LA PATRIA

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