Las memorias del posconflicto en Colombia

Las memorias del posconflicto en Colombia

Lo hemos dicho en repetidas ocasiones, Colombia ha sido un país de guerras inconclusas y recurrentes. Guerras cuyos referentes históricos están presentes en los recuerdos de muchos de nuestros antepasados, en sus narrativas, en sus comportamientos y hasta en sus temores más infantiles. Guerras que por más de 100 años han estado presentes en las biografías de millones de personas en Colombia. Aureliano Buendía en Cien años de Soledad, del escritor García Márquez, podría encarnar desde la literatura el arquetipo del guerrero que pareciera eterno, por haber participado en 32 guerras civiles y haberlas perdido todas. Guerra que desnuda y exacerba nuestra condición de seres vulnerables.  La nuestra es una Colombia donde hemos crecido en la práctica de una enemistad intemporal, lo dice poéticamente William Ospina. La guerra nos ha transformado a todos de alguna manera, por acción o por omisión, en víctimas y victimarios. 

Esta guerra parecería estar a punto de terminar, quizá como se dijo hace algunas semanas desde La Habana (Cuba), el próximo año podríamos iniciar la transición de la guerra a la paz, transición que exigirá grandes dosis de verdad, de condiciones materiales y simbólicas de reparación a las víctimas, un “nunca más” a la guerra y una justicia que en el marco de la verdad plena y oportuna abrirá las opciones de penas alternativas o de cárcel para los máximos responsables, cuando no se diga la verdad.  Un común denominador a esta travesía de la guerra a la paz serán los procesos de memoria individual y colectiva para construir una memoria histórica a muchas voces, una memoria democrática, que supere nuestras guerras de vencedores y vencidos, las memorias oficiales cómplices, hegemónicas, oscuras. Como lo dice Tzvetan Todorov un proceso donde “el mal sufrido debe inscribirse en la memoria colectiva, pero para dar una nueva oportunidad al porvenir”.  Las memorias colectivas de los procesos de paz negociados, lo plantea el profesor Iván Orozco, son sin duda más congruentes con el multiculturalismo y la pluralidad democrática, más propias del siglo XXI.

Estos procesos propician que los guerreros que siempre encuentran razones para acudir a la violencia, porque se autorepresentan como victimarios-inocentes, puedan reconocer sus culpas y sus responsabilidades.  En los procesos de paz negociados no son solo afloran pulsos militares y jurídicos, también son escenarios para la emergencia de emociones en las complejas tensiones por la redistribución de las culpas, el reconocimiento de odios recíprocos, de rabias, de miedos. También lo señala el profesor Gonzalo Sánchez: las memorias de la guerra y de la paz son campo de tensiones, de poderes, de lucha por fijar en las memorias individuales y colectivas, los motivos, las justificaciones y las comprensiones de la guerra. 

En Colombia la memoria se ha convertido en un factor explícito de denuncia y afirmación de las diferencias. Memorias silenciosas, memorias del ámbito privado, memorias de la indignación y la militancia, memorias de la resistencia. Prácticas de la memoria individuales o colectivas que no solo ponen en escena el dominio de los guerreros, de los poderosos sino que hacen visibles los grupos o colectivos que se enfrentan desde sus posiciones de fuerza, en ocasiones bastante asimétricas, pero siempre en tensión frente a los dominadores. Prácticas de memoria como las de las madres de Soacha, las mujeres de la Ruta Pacífica, las de los familiares de los miles de desaparecidos, que exigen no solo verdad, sino también un “Nunca Más”.  La obligación de las víctimas será recordar, la pretensión y necesidad de los victimarios será olvidar, en esa tensión de memoria y olvido se podrá o no transitar hacia el camino de la paz.

Habrá memorias que atan al odio vindicativo, a la venganza. También memorias que desatan de la macabra atadura de los victimarios y mueven hacia la dignidad. Las Memorias que des-atan de la ira y la venganza -lo dice Hannah Arendt-, son las que permiten cantar no el aniquilamiento, sino la politicidad titilante de estos conflictos, “…presente en el mundo precario pero mundo al fin, construido entre los enemigos en el desierto desertificante de las interacciones armadas (…) en un nuevo pacto entre enemigos”. 

COLUMNA PARA EL PERIÓDICO LA PATRIA

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