Mientras llueve…

Aunque el título de esta columna, tomado de novela de Soto Aparicio, parece evocar esos recuerdos que despierta en nosotros y nosotras la lluvia que golpea los cristales, no es sobre ellos, ni sobre la forma como el invierno contribuye a ese estado de recogimiento a que invita la celebración -ininterrumpida ya durante dos milenios- del rito católico de la Semana Santa de que trata este escrito. No. Esta nota no invita a cerrar los ojos hacia el mundo exterior, para mirar hacia adentro con el fin de auscultar lo que habita en nuestras almas, siempre tan complejas. Por el contrario, es un llamado urgente, para que salgamos de nuestro ensimismamiento, de nuestro cómodo aislamiento, y miremos de frente a esta dolorosa tragedia por la que atraviesa nuestro país.

Al momento de escribir esta nota, y según fuentes de la Cruz Roja, la cifra de muertos en lo que va corrido del año como consecuencia del invierno asciende a 85 personas. Otras 16 están desaparecidas a causa de las lluvias, inundaciones y deslizamientos. El pasado miércoles 13 de abril, el desbordamiento de la quebrada Manizales arrastró un bus de Expreso Bolivariano con 20 pasajeros, muchos de ellos regresaban confiados en volver a ver a sus familiares y amigos. Esta importante vía que por décadas ha tenido problemas que han sido denunciados de manera reiterada ante las autoridades correspondientes, nuevamente cobra la vida de ciudadanas y ciudadanos de bien. Ante este doloroso hecho, con indignación, preguntamos ¿hasta cuándo seguirán muriendo cientos de personas en las carreteras colombianas?

Frente a una crisis humanitaria de tan graves proporciones la única actitud aceptable es la de una activa solidaridad. Así lo señalamos cuando el Congreso debió ejercer el control político sobre el Decreto que declaró la emergencia social, económica y medioambiental, y dotó al Ejecutivo de poderes extraordinarios para atender la situación que afecta a 2,8 millones de personas, 671.841 familias.

Pero mirar de frente a esta tragedia implica ir más allá de las explicaciones que aluden al hecho cierto que el régimen de lluvias, como otros aspectos del clima, se encuentra gravemente alterado como consecuencia del llamado cambio climático. Las cifras que maneja el Ideam no dejan duda sobre el hecho que el nivel de precipitaciones ha superado en mucho los promedios históricos. Sin embargo, no podemos pensar que estamos frente a una tragedia de origen natural, a lo que algunos designan como «hechos de Dios». No. Estamos también frente a «hechos de los hombres». Lo que está pasando en Colombia hoy es el resultado de la confluencia de factores, muchos de los cuales tienen origen en acciones y omisiones humanas: graves fallas de gestión institucional del Estado que obligan a replantearse a fondo el modelo de ocupación del territorio; de explotación económica de los recursos naturales; de protección y recuperación del medio-ambiente; de desarrollo armónico y sostenible de las comunidades que constituyen el vasto caleidoscopio de la Nación, tan diversa en lo geográfico, en lo económico, lo político, lo social y lo cultural.

En la Colombia de hoy, 325.000 familias pobres, quienes habitan viviendas ubicadas en zonas de alto riesgo, constituyen una población para quienes es urgente crear condiciones de vida digna. En este país, caracterizado por inaceptables niveles de inequidad, es forzoso concluir, como lo ha hecho el economista Luis Jorge Garay, que esta situación constituye una forma de «nueva victimización» de quienes ya lo habían sido del desplazamiento, de la imposibilidad de acceder a la tierra como activo productivo, o a la vivienda digna en los más de mil municipios del país, pero en particular en las grandes ciudades que concentran buena parte del déficit habitacional.

Para enfrentar esta tragedia humanitaria no basta apelar a nuestra generosidad; ni resultan suficientes los traslados presupuestales de urgencia, ni los impuestos decretados con carácter transitorio. Esta tragedia podría convertirse en una oportunidad para construir una sociedad igualitaria e incluyente, en donde los riesgos que genera una naturaleza profundamente alterada en sus equilibrios como consecuencia de nuestras acciones, no afecte siempre a los más pobres. Es en esto que pienso, y en lo cual invito a pensar a los lectores, mientras llueve…

Columna de opinón para el periódico La Patria

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