¡Las víctimas no fueron escuchadas!

La ley de Víctimas y Restitución de tierras -Ley 1448 del año 2011- tiene como propósito desarrollar un conjunto de disposiciones judiciales, administrativas, sociales y económicas para restablecer los derechos de las víctimas, que dentro de esta ley se definen como aquellas personas o colectividades que han sufrido daño como consecuencia de violaciones a los derechos humanos ocurridos en el marco del conflicto armado, a partir del primero de enero de 1985. En la ley se establece en su artículo 142 que el 9 de abril será el día nacional de la memoria y la solidaridad con las víctimas y se señala como deber para el Estado, realizar eventos de memoria y reconocimiento de los hechos que han victimizado a millones de colombianas y colombianos.

 
De manera particular, la responsabilidad del Congreso en la conmemoración de este día, queda establecida en los siguientes términos: «El Congreso de la República se reunirá en pleno ese día para escuchar a las víctimas en una jornada en sesión permanente». Pues bien, nada más alejado del cumplimiento de esta responsabilidad que lo que ocurrió el pasado martes 9 de abril, en el salón elíptico del Congreso. La manera como fue organizada la sesión para escuchar a las víctimas terminó, por su falta de manejo y cuidado, en un bochornoso suceso de desconocimiento de las más mínimas normas de ciudadanía y respeto a las víctimas que ese día se hicieron presentes para la audiencia. Quienes habían viajado de distintos y distantes lugares de Colombia tenían la expectativa de ser escuchados por los congresistas y por el país entero a través del Canal institucional del Congreso. Y no solo sufrieron una enorme frustración, sino que vivieron en carne propia la improvisación y ausencia de planeación en la preparación de esta solemne sesión. Lo afirmo, porque en primer lugar fueron ubicadas en un salón por fuera del recinto. Solo ante sus quejas y el descontento expresado por muchas personas, fueron llevados a las «barras «del salón elíptico, sin ninguna comodidad y sin explicaciones.
 
Posteriormente tuvieron que escuchar largos discursos de los congresistas, los cuales acortaban cada vez más la oportunidad para ser escuchados con atención y respeto. Luego empezaron a ser llamados a una especie de sesión de muro de lamentaciones, dado que solo contaban con tres minutos para exponer su larga lista de vejaciones, de promesas gubernamentales no cumplidas y de amenazas que pesan en muchas ocasiones sobre sus vidas. Allí nadie escuchaba, un ensordecedor parloteo opacaba sus voces. Con el transcurso de las horas las y los congresistas fueron, poco a poco, retirándose del recinto. Para evitar que el salón elíptico quedara desierto, hombres y mujeres víctimas ocuparon las curules de los honorables representantes de la República. Ante este doloroso escenario, pude confirmar una vez más los dramáticos efectos que esta guerra ha dejado en nosotros: indiferencia ante el dolor de los demás, incapacidad para comunicarnos con quienes sufren, dureza en el corazón.
 
Lo bello de la audiencia fue escuchar la cantaora María Estela Guerrero, quien por muchas horas viajó a Bogotá, desde El Placer, Putumayo, para compartir su testimonio como víctima y como colonizadora de un territorio en el que por más de 20 años, su población civil ha sido estigmatizada como guerrillera o paramilitar. Un lugar en el cual dependiendo de donde se habite, se es víctima de los más diversos y atroces repertorios de violencia. Pero en este lugar de Colombia donde se vive entre la coca y la guerra, existen muchas mujeres como María Estela que se levantan cotidianamente para decir basta ya a la violencia. También viven niñas y niños que quieren crecer en paz.
 
Ese 9 de abril a través de la voz de María Estela pudimos conocer estrofa tras estrofa, el infierno de quienes viven en la comunidad de El Placer. Su voz se desplegó en medio de un recinto que no se silenció para escucharla, para acompañarla en su dolor, en su reclamo de cara a un país que los mantiene en la exclusión y en el olvido. Con su entereza y fuerza marcó un doloroso contraste frente a un auditorio del Congreso de la República ¡que no quiso escucharla!
 
Columna para el periódico La Patria

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