La tregua de las Farc: ¿el vaso medio lleno?

Comienzo esta columna de opinión lamentando un hecho doloroso: el reciente atentado que dejó una persona muerta y más de 50 civiles heridos, tras la explosión de una moto-bomba en Pradera (Valle), tan solo 24 horas después de terminada la «tregua navideña» anunciada por las Farc.

Lo lamento profundamente por las víctimas y sus familias, inmersas en los crueles territorios del conflicto armado, cuyo nivel de infamia y degradación ha tendido históricamente al aumento. Me solidarizo también con los integrantes de las Fuerzas Militares que resultaron afectados, pues nos duele cada soldado y cada policía muerto en Colombia como consecuencia de la guerra. Muchos de ellos son jóvenes campesinos cuya única oportunidad hoy, es tomar un arma en lugar de un libro.

No hay derecho a tanto sufrimiento. No hay razón para seguir matándonos los unos a los otros, como si la vida fuera una ruleta rusa, o como si estuviéramos condenados a cien años de violencia. Ese no es el presente que soñamos para nuestros hijos, hijas y nietos. Ese tampoco es el futuro que nos merecemos. Porque somos millones los colombianos y colombianas que luchamos y trabajamos día a día por un país en paz, con justicia social, con oportunidades laborales y educativas para nuestros niños, jóvenes, mujeres y viejos.

Dicho esto, creo que es importante señalar que el atentado en Pradera opacó el impacto de la tregua unilateral anunciada por las Farc a finales del año pasado, que en un mes redujo significativamente el número de muertos, bombardeos y ataques a los bienes públicos. Y no lo digo yo. Según varias organizaciones, entre éstas el Centro de Recursos para el Análisis del Conflicto (Cercac), entre diciembre 15 del 2013 y enero 15 del 2014 la reducción de la violencia fue del 65%, una cifra récord en comparación con otras fechas.

Y agrega el Cerac: «La tregua sí tiene efectos positivos sobre la violencia, puesto que disminuye el nivel de acciones violentas atribuibles a las Farc. (…) Aunque la cifra esperada de reducción de la violencia podría ser mayor, la disminución del número de víctimas directamente asociadas al conflicto y atribuidas a las Farc son un dividendo de paz de esta tregua». La Fundación Paz y Reconciliación confirma esta tendencia, de 182 acciones violentas de las Farc cada mes en Colombia, entre las cuales la infraestructura energética lleva la peor parte, en el mes de diciembre dichas acciones disminuyeron a 20. Un cumplimiento del 95% de la tregua.

Eso, en otras palabras, significa que con la tregua se salvaron varias vidas humanas, lo cual no puede pasar desapercibido por la ciudadanía, ni por los medios de comunicación, ni mucho menos por quienes dialogan en La Habana. De igual manera aminoraron las pérdidas económicas.

Por supuesto la reducción de la violencia en un período tan corto es como ver el vaso medio lleno, pero nos da más motivos para mantener la esperanza por el fin del conflicto. Muy a pesar del lenguaje guerrerista e incendiario del Ministro de Defensa, que se ve muy cómodo decretando la ofensiva militar desde su escritorio, quizás porque no son sus hijos quienes ponen el pecho. O tal vez porque no quiere recordar el artículo 22 de la Constitución: «la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento».

Pero lo cierto es la urgencia por transitar de la guerra hacia el posconflicto, hacia esa nueva Colombia que, como diría William Ospina, no ha nacido todavía: la Colombia de la verdad, la memoria, la igualdad, la equidad y la justicia, donde la reparación integral no se limite a la firma de un cheque en blanco.

Esa es la verdadera paz con prosperidad, no la que nos promete el Presidente Santos, que por momentos parecería se reduce a la repartija de contratos y burocracia para los más poderosos y clientelistas, mientras las víctimas y los excluidos claman por el silencio eterno de los fusiles y la garantía de los Derechos Humanos. Ya es hora de atender sus justas demandas y reivindicaciones, que no son otras que su derecho a tener una vida en dignidad.

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