La quimera del Desarrollo

¡Bienvenidos al futuro! Con estas palabras el expresidente César Gaviria celebraba en la década de los 90 la denominada apertura económica. Ese conjunto de medidas que en principio iban a producir sudor y lágrimas, pero que a la larga traerían el prometido progreso y desarrollo para nuestro país. La propuesta del entonces presidente Gaviria, reencauchaba una vez más la promesa de progreso que desde los años cincuenta el presidente norteamericano Harry Truman anunciaba para el mundo entero en su concepto de «trato justo», cuyo propósito fundamental era resolver los problemas de las naciones que empezaban a ser denominadas subdesarrolladas.

Algunos apartes de su discurso de posesión nos permiten hoy, en pleno siglo XXI, confirmar que el tan anhelado sueño del progreso económico y prosperidad material terminarían en una cruel pesadilla para muchos de los habitantes de estas naciones. Decía Truman en su discurso de posesión: «Más de la mitad de la población del mundo vive en condiciones cercanas a la pobreza. Su alimentación es inadecuada, víctima de la enfermedad. Su pobreza constituye un obstáculo y una amenaza tanto para ellos como para las áreas más prósperas (…) El que tenemos en mente es un programa de desarrollo basado en los conceptos del trato justo y democrático (…) Producir más es la clave para la paz y la prosperidad». Su sueño americano quería ser la fórmula salvadora para el mundo entero, y para hacerlo tenía que alcanzarse un crecimiento económico acelerado, lo cual iba a traer grandes dolores. Todo lo existente en estas latitudes, tendría que ser devastado: «…las viejas instituciones sociales tienen que desintegrarse; los lazos de casta, credo y raza deben romperse y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida cómoda (United Nations: 1951).

La propuesta era una profunda reestructuración de las llamadas sociedades «subdesarrolladas», para poder así alcanzar la meta soñada. Y nuestros países empezaron a recorrer la anhelada senda del desarrollo. A través de misiones, de la alianza para el progreso, de los mandatos del Consenso de Washington, de la apertura económica, del mal llamado libre mercado y de los tratados de libre comercio se buscó reconfigurar a nuestros países -en muchos casos a sangre y fuego- y prepararlos para su arribo a la modernización. El modelo venía acompañado de un fortalecimiento de la fuerza pública en estos países. Y Colombia siguió la receta al pie de la letra y ese sueño hoy se transformó en cruel pesadilla.

Cuando revisamos las actuales cifras de la producción industrial, la drástica disminución de la producción de alimentos, la precarización del mundo laboral, la pauperización de la vida, en especial la vida de las personas que habitan el campo, el impacto del cambio climático, entre otros, nos preguntamos si es ético y legítimo continuar embarcados en la quimera del desarrollo. Pero en medio de todas estas prácticas de devastación y desarraigo los campesinos, los pueblos indígenas, las comunidades afrocolombianas, algunos sectores de mujeres y de la academia, han sido una fuente de persistencia, de resistencia y han demostrado que a través de estas últimas décadas sus saberes ancestrales, sus formas de organización social y económica han logrado superar todos los embates frente a las prácticas de dominio y explotación, y muchas de sus experiencias son fuente de saber y conocimiento para el mundo entero.

Lo que deberíamos hacer como pueblo colombiano es conformar una gran minga para el post-desarrollo, como la llama el profesor e investigador caldense Arturo Escobar, la cual pasa por deconstruir y desmantelar ese concepto lineal y colonialista de desarrollo e innovar desde prácticas comprometidas con la justicia social y con nuevos órdenes culturales y económicos. La tarea será difícil, hoy, 25 años después de la promesa de César Gaviria, su hijo Simón Gaviria, director de Planeación Nacional, nos invita a embarcarnos en una nueva quimera con su plan de desarrollo 2014-2018 «Todos por un nuevo país: paz, equidad y educación», y parecería que nos vuelve a decir «bienvenidos al futuro».

Poco ha cambiado entre la promesa del padre y el mensaje del hijo. Sus ejes educación, equidad y paz son el ropaje formal del Plan, pero en su articulado la educación y la salud continúan siendo bienes de mérito, no derechos fundamentales como lo dice la Constitución. La inversión que crece más es la del sector de defensa, la justicia y la cultura son las cenicientas. Sobre tierras, uno de sus artículos parece hecho a la medida del proyecto que busca legalizar la entrega corrupta de los baldíos, para arrebatarles a los campesinos un acceso digno a la tierra.

COLUMNA PARA EL PERIÓDICO LA PATRIA

http://www.lapatria.com/columnas/40/la-quimera-del-desarrollo

 

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